Doctrina de la salvación.

Todo estudio de la obra salvadora de Cristo debe comenzar con el Antiguo Testamento. Es allí donde descubrimos en las actuaciones y palabras divinas la naturaleza redentora de Dios. Descubrimos tipos y predicciones concretas sobre Aquél que habría de venir, y sobre lo que habría de hacer.

Hebreos 1:1-2

Dios ha hablado por su Hijo.

1  Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,

2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;

 

El significado de la “Salvación”: Lucas 19:10.


Uso que el Antiguo Testamento hace de terminología para describir la salvación.

Natsal— (212 veces aparece) esta palabra significa libertar o rescatar; por ejemplo, Moisés cuando es enviado a rescatar al pueblo en Éxodo 3:8. En 2 Crónicas 32:17 se usa esta palabra cuando Senaquerid  rey de Asiria blasfemaba contra Jehová. En estos casos el uso de la palabra indica salvación física, personal o nacional. Tomó también connotaciones relacionadas con la salvación espiritual a través del perdón de los pecados, por ejemplo, con David en Sal. 51:14; Sal. 79:9.

Yasha  (354 veces aparece 136 en Salmos y 100 en libros proféticos) esta palabra significa generalmente salvar, liberar, dar vitoria, o ayudar, por ejemplo cuando Moisés defiende hijas de Reuel en Éx. 2:17. Y en Ezequiel ya tomó características morales (Ez. 36:29; 37:23). El tema de la salvación aparece ya en Gén. 3:15, en la promesa de que la descendencia o “simiente” de la mujer le aplastaría la cabeza a la serpiente. “Éste es el protoevangelio, el primer resplandor de una salvación que vendría por medio de Aquél que restauraría al hombre a la vida.” Yahwé salvó a su pueblo por medio de jueces (Jue. 2:16, 18) y de otros caudillos como Samuel (1 Sam. 7:8) y David (1 Sam. 19:5). El uso clásico de esta palabra se puede ver en Éx. 14 donde Yahwé salvó a los israelitas de mano de los egipcios por medio de Moisés. En Is. 49:6, le dice al Siervo: “También te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra.” Las “obras de salvación en el Antiguo Testamento se van acumulando y señalando hacia la obra definitiva de salvación, que incluirá a todos los pueblos bajo las posibilidades de su bendición”.

Aunque vemos en los pasajes anteriores a hombres salvando a hombres, lo más frecuente es que se use la palabra teniendo a Dios como sujeto y al pueblo como objeto directo.

Por consiguiente, Yahwé (Jehová) es “Salvador” en Is. 43:11-12, “mi Salvador” en Sal. 140:7*, y “mi salvación” en 2  Sam. 22:3; Sal. 27:1.


La obra salvadora de Cristo en Nuevo Testamento.

Uso que el Nuevo Testamento hace de terminología para describir la salvación:

Sódzo: significa salvar, conservar o rescatar del peligro como en el anuncio a José en Mat. 1:21. También significa salvar a alguien de la muerte física. Por ejemplo Mat. 8:25. Sin embargo, el mayor número de usos para esta palabra es la salvación espiritual que Dios proveyó por medio de Cristo (1 Co. 1:21).

Sotería: (gr. Sotér) refiere mayormente a salvación espiritual (Hech. 13:23; Filip. 3:20).

Aunque los griegos atribuían el título de salvador (gr. sotér) a sus dioses, líderes políticos y otros que traían honra o beneficio a su pueblo, en la literatura cristiana sólo se les aplicaba a Dios (1 Tim. 1:1) y a Cristo (Hech. 13:23; Filip. 3:20). El sustantivo “salvación” (gr. “sotería”) aparece 45 veces y se refiere casi exclusivamente a la salvación espiritual, que es la posesión presente y futura de todos los creyentes legítimos. Luc. 19:10.

La naturaleza de Dios y de la humanidad.


La Biblia nos revela a un Dios que salva. Nos afirma que todos los humanos necesitan a un Salvador y que no se pueden salvar a sí mismos, aunque el mundo moderno declare que para corregir este caos de falta de moralidad y exceso de pecado lo que nos hace falta es educación y no salvación.

Tenemos que acercarnos a Dios bajo sus condiciones.

La santidad y el amor de Dios.

¿Cómo podremos pensar jamás en acercarnos a Él por nosotros mismos?

Un Dios Santo abrió camino hacia Él por medio de la cruz de Cristo.

El Nuevo Testamento hace numerosas referencias a la relación entre su muerte, y los “pecados” o los “pecadores”. Veamos algunas: “El cual fue entregado por nuestras transgresiones” (Rom. 4:25). “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8). “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3). “Cristo padeció una sola vez por los pecados” (1 Ped. 3:18).

Todos los términos que usa la Biblia para describir la personalidad de Dios, son cualidades igualmente esenciales de su naturaleza. Por ejemplo, Dios es amor, no Dios es amoroso, esto quiere decir, que la naturaleza o la esencia de Dios es amor y no solo que Dios tiene amor, porque esto implicaría tener un amor limitado.

La Biblia entera también nos revela a Dios como un Dios de absoluta santidad y justicia recta. Ni puede ni quiere tolerar o justificar la falta de santidad o de justicia. En Él, la santidad y el amor, la justicia y la bondad no se hallan en oposición mutua.

La bondad, la misericordia, y la gracia de Dios.

La bondad: la palabra “bueno” (del heb. tob) es el término más amplio que se puede utilizar cuando se elogia la alta calidad de algo. Por eso decidimos que Dios es bueno (Sal. 25:8; 34:8; 86:5; 100:5; 106:1; 118:1; 119:68; 135:3; 136:1; 145:9; Mat. 19:17). La bondad de Dios lo motivo a detener el castigo, Hech. 14:16 “En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos” (ver también Rom. 3:25).

La misericordia: es el acto de condonar un merecido castigo. La biblia revela la naturaleza salvadora de Dios en la descripción que hace de su misericordia. La misericordia no es tanto una cualidad como una acción. La idea esencial de la misericordia exige una situación en la cual el que la recibe no pueda reclamar mérito alguno para sí ante el misericordioso.

Hay cuatro pasajes en el Nuevo Testamento que reúnen la misericordia con la salvación.  (1) El primero es Lucas 1, el gran capítulo que sirve de introducción a la redención definitiva de Dios, donde la palabra “misericordia” aparece cinco veces (vv. 50, 54, 58, 72, 78). (2) El segundo es Rom. 11:28–32. Al concluir su explicación acerca del lugar de Israel dentro del plan de Dios, Pablo se refiere al derramamiento de la misericordia de Dios sobre los gentiles que antes vivían en desobediencia, a fin de que los israelitas, ahora desobedientes, puedan recibir misericordia. (3) El tercero es Ef. 2:4–5, donde Pablo presenta la obra del amor, la misericordia y la gracia de Dios al salvarnos. (4) El cuarto texto se halla en Tito 3:4–5, donde Pablo une la misericordia con otras dos palabras llenas de ternura. Dios manifestó su bondad  y su amor  cuando nos salvó, “no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia”.

La gracia: esta es otra forma en que Dios manifiesta su bondad. Es la gracia salvadora.

En el Antiguo Testamento se usa con mayor frecuencia “janan” (mostrar favor o clemencia) y su forma derivada “jesed” (bondad amorosa y fiel). En el Antiguo Testamento se trata de realzar el favor mostrado al pueblo del pacto, aunque también se incluye las naciones.

En el Nuevo Testamento la palabra “gracia” tiene el significado como “el don” o “un don” no merecido, y aparece mayormente en los escritos de Pablo (…“por gracia sois salvos”… Ef. 2:5,8). Es “un concepto central que expresa de la manera más clara su comprensión de que el acontecimiento de la salvación… manifiesta una gracia inmerecida.

 

El amor de Dios: Dios tiene el deseo de salvarnos por su amor

En el Antiguo Testamento Dios prolonga su misericordia por amor a su pueblo (Deut. 7:7-8, 12,13; Jer. 31:3)  A pesar de las caídas y la idolatría de Israel, Dios lo amaba con un amor perdurable.

En el Nuevo Testamento se usa las palabras “agapáo” y “agápe” para referirse al amor salvador de Dios.  “Dios es agápe” (1 Jn. 4:16); por eso “ha dado a su Hijo unigénito” (Jn. 3:16) para salvar a la humanidad. Dios ha demostrado su amor inmerecido en que, “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8).

Si bien la Biblia enseña que la bondad de Dios lo movió a salvar a la humanidad perdida, también enseña que nada externo a Él lo impulsó a hacerlo. La redención encuentra su fuente en el amor y la voluntad libres y sin ataduras de Dios.

En Gál. 1:4, Pablo dice que Cristo “se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre”.


Las Teorías Sobre la Expiación.

La teoría de la influencia moral (del amor de Dios, o ejemplarismo): esta teoría enseña que Dios perdona por su bondad, rechaza toda idea de que en Dios hubiese algo que estuviese exigiendo satisfacción, y que la razón de ser de la cruz solo era influir en las personas hacia el bien. La visión de la cruz nos mueve a gratitud y amor, y nos incita al arrepentimiento y a cambiar nuestra conducta. Generalmente se atribuye esta teoría a Pedro Abelardo. •Esta teoría, no ve ningún propósito o efecto expiatorio en la cruz. No obstante, aunque la teoría insista de manera correcta en el amor de Dios, es lamentablemente inadecuada para explicar las afirmaciones bíblicas acerca de que la muerte de Cristo realizó una obra de expiación, si no de propiciación (Rom. 3:25–26; Heb. 2:17; 1 Jn. 2:2). Además, no demuestra que una simple agitación de las emociones conduzca al arrepentimiento.

La teoría del rescate: La teoría que pone su énfasis en la victoria de Cristo sobre Satanás recibe algunas veces el nombre de “teoría del rescate” o del rescate del diablo. La teoría según la cual, la muerte de Jesús en la cruz fue un pago hecho a Satanás para librar a los humanos de su esclavitud. Debido al pecado, estamos bajo el dominio de Satanás, pero Dios le ofrece a su Hijo y quedamos libres. El maligno estuvo más que dispuesto a realizar el intercambio, pero no sabía que él no podía mantener a Cristo en el Hades, y con la resurrección perdió tanto el rescate como sus prisioneros originales. La humanidad de Jesús era el cebo que escondía el anzuelo de su divinidad, y el diablo lo tomó. El error fue suyo, no de Dios. Que la muerte de Cristo derrotó al diablo (Heb. 2:14; Col. 2:15; Ap. 5:5). Que la muerte y el infierno han sido vencidos (1 Co. 15:54–57; Ap. 1:18). Y que la simiente de la mujer le ha aplastado la cabeza a la serpiente (Gén. 3:15) todo esto es verdad, pero el pago por el pecado de la humanidad no fue hecho a Satanás y tampoco se debe enredar a Dios en el engaño.

 
La teoría de la satisfacción: al pecar, los humanos insultan el honor de Dios infinito y soberano. El insulto a un soberano no puede pasar sin castigo y exige una satisfacción. ¿Cómo podíamos nosotros lograr esto, si el Dios soberano es al mismo tiempo infinito? A la vez, el amor de Dios clama a favor del pecador. ¿Cómo encontró su solución este evidente conflicto dentro de Dios? Nosotros cometemos el pecado y, por tanto, debemos dar una satisfacción. Sin embargo, puesto que sólo Dios puede hacerlo, y sólo nosotros debemos hacerlo, sólo un Dios-hombre podía satisfacer el insulto al honor de Dios, y pagar el precio infinito del perdón. Esta teoría fue propuesta por Anselmo (1033-1109)

Aunque no se debe rechazar por completo esta explicación, la Biblia no insiste en una transacción comercial, sino en la actuación de un Dios lleno de amor y de gracia. No somos simples observadores que reciben los beneficios indirectos de una transacción que tiene lugar entre Dios y su Hijo. Somos la razón de ser de todo ello. Aunque la teoría de Anselmo tenga sus puntos débiles, éstos no invalidan la verdad subyacente; esto es, que se trata de una expiación que da una satisfacción.

 
La teoría del gobierno: esta teoría del gobierno debe su origen a Hugo Grotius (1583–1645), jurista, hombre de estado y teólogo holandés. La ley declara de manera inequívoca: “El alma que pecare, morirá.” La justicia más estricta exige la muerte eterna de los pecadores. ¿De qué manera pudo mantener Dios el respeto por la ley, y al mismo tiempo mostrar clemencia hacia los pecadores? Limitarse a perdonarlos, como habría podido hacer, sería contrario al mantenimiento de la ley. Según esta teoría, la muerte de Cristo no fue en lugar nuestro, sino como un sustituto por el castigo que merecíamos y una demostración de lo que un Dios justo nos exigirá si seguimos pecando. El enfoque primordial no está en la salvación de los pecadores sino en el mantenimiento de la ley. En la cruz, Dios mostró que Él es capaz de abominar el quebrantamiento de la ley, al mismo tiempo que mantiene esa ley y perdona al que la ha quebrantado. Nada podría hallarse más lejos de la verdad bíblica (Mat. 20:28; 26:28; Jn. 10:14–15; 2 Co. 5:21; Ef. 5:25).

La teoría de la sustitución penal: esta teoría Indica que Cristo sufrió en nuestro lugar todo el castigo del pecado que nos correspondía pagar a nosotros. Jesús tomó en la cruz el lugar de los pecadores y sufrió el castigo que merecíamos. En otras palabras Cristo ocupó nuestro lugar. Es la más bíblica porque toma totalmente en consideración lo que dice la Biblia acerca de nuestra depravación y la consiguiente incapacidad para salvarnos a nosotros mismos.

El Nuevo Testamento no usa nunca la expresión “sustitución penal”, pero toma en serio la Biblia en sus descripciones de la santidad y la justicia de Dios, al hallar ésta expresión en su ira judicial. Toma totalmente en consideración lo que dice la Biblia acerca de nuestra depravación y la consiguiente incapacidad para salvarnos a nosotros mismos. Toma literalmente las declaraciones que dicen de manera tipológica, profética e histórica que Cristo “ocupó nuestro lugar”.


Los Aspectos de la Obra Salvadora de Cristo.

El Sacrificio

Aunque ya hemos cubierto algunas ideas, necesitamos mirar más de cerca varios aspectos de la obra salvadora de Cristo. Hay un conjunto de palabras bíblicas que la caracterizan. A nadie que lea las Escrituras con atención se le puede escapar el hecho de que el sacrificio se encuentra en el corazón mismo de la redención, En el AT vemos la imagen del cordero pascual. (Éx. 12:1-13). Juan el Bautista lo presenta diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). En Hech 8, Felipe les aplica la profecía de que el Siervo sería llevado “como cordero… al matadero” (Is. 53:7) al “evangelio de Jesús” (Hech. 8:35). Pablo llama a Cristo “nuestra pascua” (1 Co. 5:7). Pedro dice que fuimos redimidos “con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:19).

Estrechamente relacionados con el concepto de sacrificio, se hallan los términos “propiciación” (“apaciguar”, “pacificar” o “conciliar”) y “expiación” (“cubrir con un precio”). Leon Morris expresa el consenso general de los evangélicos, al decir: “El punto de vista constante en la Biblia es que el pecado del hombre ha incurrido en la ira de Dios. Esa ira es alejada por la ofrenda expiatoria de Cristo. Desde este punto de vista, es correcto llamar ‘propiciación’ a su obra salvadora”.

Todos los léxicos indican que kipper y hiláskomai significan “propiciar” y “expiar”. Podemos ver las palabras con un sentido vertical y otro horizontal. Cuando el contexto se centra en la Expiación con respecto a Dios, estas palabras hablan de propiciación. En cambio, hablan de expiación cuando el centro de atención está en nosotros y en nuestro pecado.

Propiciación: se refiere a apartar la ira por medio del ofrecimiento de una disculpa ofreciendo algo a cambio, tal como una ofrenda. La propiciación fue el derramamiento de la sangre de Jesús en la cruz, Cristo fue la ofrenda ofrecida; el cordero sin mancha. Esta ofrenda agradó a Dios y alejó su ira contra el hombre y su pecado. En Rom. 3:25 leemos "… para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados".

El mismo Padre fue quien mandó a su Hijo para que fuera la propiciación para la humanidad separada de Dios por su pecado,  pues éste, provocaba la ira del Padre. En 1 Jn. 2:2: dice: "Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo". 1 Jn. 4:10. "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados".

Expiación: Es la cancelación del pecado.

La expiación y la propiciación son similares, pero la expiación carece de la connotación de tratar con la ira de Dios, de aplacarla a través de un sacrificio. En general, la propiciación es más amplia: cancela el pecado y aplaca la justa ira de Dios. La expiación es solamente la cancelación del pecado. Jesús fue nuestra propiciación (1 Jn. 2:2; 4:10).

Terminología: Propiciación (Kipper) (apaciguar, pacificar, conciliar) y expiación (Hiláskomai) (cubrir con un precio o como para cubrir el pecado).

La expiación y la propiciación son términos correlativos. El pecador, o su culpa, es expiado; Dios, o la justicia, es propiciado.


La reconciliación.
El Nuevo Testamento indica que la obra salvadora de Cristo es reconciliadora, 1) por medio de sus muerte él ha quitado todas las barreras entre Dios y nosotros (la aplicación tiene que ver primordialmente con Dios y con nosotros). 2) La obra reconciliadora de Cristo nos restaura al favor divino.

Palabras claves: allasso, katallasso, katallague nos presentan de manera adecuada la noción de “intercambiar” o “reconciliar”, como se reconcilian los libros en la práctica de la contabilidad. Pasajes principales: Rom. 5:9-11; 2 Co. 5:16-21.

Definición: Por medio de la cruz, Cristo quitó el pecado, destruyó la enemistad, estableció la paz y reconcilió a los hombres (judíos y gentiles), no sólo con Dios, sino también entre ellos. “Y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” Ef. 2:16.


La redención.

La Biblia usa también la metáfora del rescate o la redención para describir la obra salvadora de Cristo.

Redención significa básicamente, "Comprar otra vez". Basada en la costumbre del Antiguo Testamento de comprar esclavos y liberarlos después, se refiere al acto divino de “comprar” de la esclavitud del pecado por medio del sacrifico de Jesús.

En el Antiguo Testamento, este tema aparece más frecuentemente y se refiere a ritos de redención. Éx. 13:13, 15; Lv. 27:27; Nm. 18:15, 16.

En el Nuevo Testamento, Jesús es tanto el Rescatador como el Rescate. Se indica claramente que la redención que Él nos proporcionó fue por medio de Su sangre. 

El propósito de Cristo al redimirnos: es purificar para sí mismo un pueblo propio, celoso de buenas obras. (Tit. 2:14)

El término redención también significa «liberado, devuelto mediante el pago de un rescate». Cristo nos compró de vuelta para Dios, y el precio de compra fue su sangre. 1 Co. 6:20; 7:23; Ap. 5:9

En el Nuevo Testamento la doctrina de la redención es cardinal. Todos las personas están esclavizadas por el pecado, y son “hijos de ira” (Ef. 2:1-3; 2 Ti. 2:26).

Jesucristo realiza esta redención (Ro 3:24; Gal 3.13) por medio de su sangre vertida en la cruz (Ef. 1.7; Col 1:14). Él mismo hablo de “dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28); y Pablo dice que Cristo “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Ti. 2:6) para una redención que es eterna (Heb. 9:12). Él, pues, tomó nuestro lugar, y recibió el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. Por tanto, un efecto justo y lógico de esta obra redentora en nosotros debe ser glorificar a Dios mediante una vida pura y fructífera, tanto en lo material como en lo espiritual. La redención abarca al hombre como un todo y como tal lo transforma (1 Co. 6:20). La redención culminará gloriosamente en la resurrección (Hech. 26.18; Ro 8.15-23; 1 Co. 15.55-57).

Otro aspecto de la obra salvadora de Cristo es la JUSTIFICACIÓN (lo veremos más adelante en el orden de la salvación pero creo que es pertinente aquí también): Una declaración divina hecha en favor de una persona que cree en Jesús para la salvación. Contiene dos aspectos importantes: El perdón de pecados, y la imputación del don de la justicia de Cristo. Significa "declarado justo", no "hecho justo".

El alcance de la Obra Expiatoria de Cristo.
Hay una importante diferencia de opinión entre los cristianos con respecto al alcance de la obra expiatoria de Cristo. ¿Por quién murió? En su conjunto, los evangélicos han rechazados la doctrina del universalismo universal (es decir, que el amor divino no permitirá que ningún ser humano, y quizá tampoco el diablo y los ángeles caídos, permanezcan separados de Él para siempre.

Universalismo: propone que la obra salvadora de Cristo abarcó a todos (Hech. 3:21). Aunque es cierto que las Escrituras se refieren a una restauración futura (Rom. 8:18-25; 1 Co. 15:24-26; 2 Ped. 3:13), a la luz de todas las enseñanzas de la Biblia sobre el destino eterno, tanto de los seres humanos como de los ángeles, no es posible utilizar este versículo para apoyar el universalismo.

Particularismo (expiación limitada): Cristo solo murió por aquellos a quienes Dios ha elegido soberanamente. Los particularistas toman los pasajes que dicen que Cristo murió por las ovejas (Jn. 10:11, 15), por la Iglesia (Ef. 5:25; Hech. 20:28), o por “muchos” (Mar. 10:45). Citan también numerosos pasajes que, en el contexto, asocian claramente a los “creyentes” con la obra expiatoria de Cristo (Jn. 17:9; Gál. 1:4; 3:13; 2 Tim. 1:9; Tit. 2:3; 1 Ped. 2:24). Los particularistas alegan lo siguiente: (1) Si Cristo murió por todos, Cristo tomó sobre sí todo el castigo, luego entonces, Dios no podría exigir dos veces el pago de la misma deuda. (2) La doctrina de la expiación ilimitada conduce lógicamente al universalismo. (3) Una exégesis y una hermenéutica sólidas hacen evidente que el lenguaje universal no es siempre absoluto (ejemplo: Luc. 2:1; Jn. 12:32; Rom. 5:18; Col. 3:11).

Universalismo condicionado (expiación ilimitada): Cristo murió por todas pero su obra salvadora se hace eficaz solamente en aquellos que se arrepienten y creen. 

Los que sostienen el universalismo condicionado alegan lo siguiente: (1) Es el único que le da sentido al ofrecimiento sincero del evangelio a todos los seres humanos. (2) Desde el principio de la Iglesia, hasta que surgió el calvinismo, el universalismo condicionado había sido la opinión mayoritaria. (3) No es posible sostener la acusación de que, si fuese cierta una expiación ilimitada, Dios sería injusto, y de que el universalismo sería la conclusión lógica. Necesitamos tener en mente que nos es necesario creer para ser salvos, incluso a los elegidos. La aplicación de la obra de Cristo no es automática. El que una persona decida no creer, no significa que Cristo no haya muerto por ella.

El orden de la salvación. (El Ordo salutis)

A causa de su bondad y justicia infinitas, Dios envió su Hijo unigénito a la cruz para que llevase sobre sí todo el castigo del pecado, de manera que le fuese a Él posible perdonar gratuita y justamente a todos los que acudiesen a Él. ¿Cómo tiene lugar esto en la vida de una persona? El pensamiento de la aplicación de la obra de Cristo a nosotros nos lleva a la consideración de lo que ha sido llamado el “ordo salutis” (“orden de la salvación”), expresión que data de alrededor del año 1737, y es atribuida al teólogo luterano Jakob Karpov, aunque la idea es anterior a él.

¿Cuál es el orden lógico (no cronológico) en que experimentamos el proceso de pasar de un estado de pecado a otro de salvación plena?

El catolicismo romano ha relacionado este orden con los sacramentos; esto es, el bautismo, en el cual se experimenta la regeneración; la confirmación, en la que se recibe al Espíritu Santo; la eucaristía, una participación en la presencia física de Cristo; la penitencia, el perdón de los pecados, y la extrema unción, cuando se recibe seguridad de que se entrará en el reino eterno de Dios.

Entre los protestantes, la diferencia yace principalmente en los enfoques reformados y, en general, los wesleyanos.

El punto de vista que alguien acepte se relaciona con su doctrina acerca de la depravación.

¿Significa la depravación una incapacitación total que hace imprescindible una obra regeneradora del Espíritu Santo para que la persona pueda arrepentirse y creer? Si es así, esta sería la posición reformada.

Entonces, el orden según los reformados, sería: elección, predestinación, conocimiento previo, llamado, regeneración, arrepentimiento, fe, justificación, adopción, santificación y glorificación.

Ahora bien. ¿Significa que, puesto que aún seguimos llevando la imagen de Dios, incluso en nuestro estado caído, podemos responder al acercamiento de Dios en arrepentimiento y fe? Si es así, el orden sería conocimiento previo, elección, predestinación, llamado, arrepentimiento, fe, regeneración y lo demás. Las diferencias se encuentran en el orden de los tres primeros conceptos, esto es, los que se refieren a la actividad de Dios en la eternidad, y en la colocación de la regeneración dentro de este orden de salvación. El último de ambos, el wesleyano, es la posición que sostenemos en este capítulo.

Aspectos del orden de la salvación

La elección: Aquellos a quienes el conoció de antemano (Rom. 8:29; 1 Pd 1:2), los eligió en Cristo (Ef. 1:4) y los predestino “para que fuesen hechos conformes a la imagen de su hijo” (Rom. 8:29) y “para alabanza de su gloria” (Ef. 1:11-12)

Es evidente que la Biblia enseña acerca de una selección, una elección divina. El Antiguo Testamento dice que Dios escogió a Abraham (Neh. 9:7), al pueblo de Israel (Deut. 7:6; 14:2; Hech. 13:17), etc. La iniciativa siempre es de Dios. Él no escogió a Israel debido a la grandeza de este pueblo (Deut. 7:7). Jesús les dice a sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Jn. 15:16). Pablo dice: “De quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece” (9:18). También dice que Israel ha experimentado un “endurecimiento en parte” (11:25), pero el contexto parece relacionar esto con su desobediencia, obstinación e incredulidad (10:21; 11:20). Además de esto, Pablo afirma que la razón por la cual “Dios sujetó a todos en desobediencia” es “para tener misericordia de todos” (11:32). Por consiguiente, teniendo en cuenta todo lo que Pablo hace destacar, no nos sentimos obligados a llegar a una sola conclusión, esto es, a la de la elección incondicional.

¿Podríamos ver el conocimiento previo y la predestinación como los dos lados de una moneda? El lado superior, el conocimiento previo, mira arriba, hacia Dios, y refleja lo que Él sabe. Ahora bien, en relación con lo que nos corresponde en cuanto a ser salvos, la Biblia no da indicación alguna de qué es lo que Dios conocía de antemano. Sin embargo, si sostenemos una doctrina de omnisciencia absoluta, es seguro que su conocimiento previo podría incluir nuestro arrepentimiento y fe como respuesta a su acercamiento. Al afirmar esto, no hemos puesto en peligro el acto soberano de Dios, haciéndolo dependiente de algo que nosotros hagamos. Ahora bien, aunque la Biblia no dice qué sabía Dios de antemano, sí se refiere con claridad a quién (Rom. 8:29). La predestinación, el lado inferior de la moneda, mira hacia los seres humanos y muestra la realización soberana de la voluntad divina.

Conversión: (gr. “epistrophë”, “volverse a”). En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea que se traduce “conversión” es “shub”, que significa «regresar, volverse» y es un llamado de atención para dejar de lado prácticas idolátricas y volver a Dios. Todo lo que ocupe en el corazón del creyente el lugar destinado a Dios es idolátrico, y el llamado a la conversión implica echar a un lado todo lo que aparte al creyente de Dios. En las Escrituras es el efecto que acompaña al nuevo nacimiento, un volverse hacia Dios. Se expresa, magnamente en el caso de los tesalonicenses, mostrando cómo «os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Tes. 1:9).

La conversión es una vuelta de algo hacia algo. En su lado negativo es el arrepentimiento (Hch. 26:20) y en su fase positiva es la fe (Hch. 11:21). La verdadera conversión se levanta sobre el arrepentimiento y la fe, que llevan al creyente no solamente a observar una nueva forma de vida, sino a una transformación espiritual completa (2 Co. 3:18).

El Arrepentimiento (heb. “Shub”, volverse, regresar”. Gr. “epistréfo”; metanoéo/metánoia, arrepentirse”) y la Fe (heb. “Amán”, creer; “bataj”, confiar, contar con. Gr. “pistéyo”, creer, confiar; “pistis”, fe): Constituyen los dos elementos esenciales de la conversión. Comprenden un apartarse de algo, esto es, el arrepentimiento; y un volverse hacia algo, esto es, la fe.

Aunque el arrepentimiento no salve en sí mismo, no se puede leer el Nuevo Testamento sin darse cuenta de lo mucho que insiste en él. Hch. 17:30; Mt. 3:2; Mt. 4:17; Hch. 2:38. Todos deben arrepentirse, puesto que todos han pecado y “están destituidos de la gloria de Dios” Rm. 3:23.

Aunque el arrepentimiento abarque las emociones y el intelecto, su componente primario es la voluntad.

Que es Fe. ¿Qué dice Heb. 11:1? “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Entonces, fe: es la actitud de confianza obediente y segura en Dios y en su fidelidad, que caracteriza a todo verdadero hijo de Dios.

La regeneración (gr. «palingenesia»): Es el acto decisivo e instantáneo del Espíritu Santo, en el que éste recrea la naturaleza interna. La regeneración o nuevo nacimiento es el cambio de naturaleza producido por el Espíritu Santo en el hombre, al que le comunica una vida nueva. 2 Co. 5:17.

La regeneración es el cambio radical que el Espíritu Santo realiza en el hombre cuando este, habiendo oído y creído la palabra de Dios, recibe a Jesucristo como Salvador. La persona pasa del dominio del pecado al dominio del Espíritu, e inicia el crecimiento y el progreso espirituales cuya meta es la perfección, el llegar a ser semejante a Cristo (Mt. 13:23; Jn. 3:5; Ro. 8:29; 2 Co. 5:17; 1 Ped 1:21-23).

La iniciativa en la regeneración pertenece a Dios y se efectúa por el Espíritu Santo (Jn. 1:13; 3:5, 8); los efectos de ella son duraderos (Ro. 8:2; 2 Co. 5:17). No es posible entender ni explicar racionalmente este cambio, pero sus resultados son evidentes (Lc. 3:8; Jn. 3:7, 8).

Si bien la regeneración efectúa un cambio en nuestra naturaleza, la justificación efectúa un cambio en nuestra posición con respecto a Dios. La justificación es la declaración por parte de Dios de que somos justos a sus ojos, pues Él nos ha imputado la obediencia de Cristo. Ro. 5:1.

Definición de justificación: es el acto por medio del cual, apoyado en la obra infinitamente justa y satisfactoria de Cristo en la cruz, Dios declara que los pecadores condenados quedan libres de toda culpa de pecado y de sus consecuencias eternas, y los declara plenamente justos ante su presencia. La expresión “declarar justo” se usa en voz pasiva: en el sentido más profundo y teológico; el hombre es justificado por Dios.

Al impío le es atribuida la “justicia ajena” de Cristo (2 Co. 5.21). Sin embargo, la justificación no consiste en que Dios haga piadosos a los impíos y luego los acepte, sino en que declara “aceptos” ante Él a los impíos e injustos, por la justicia imputada e impartida de Cristo, y así comienza a transformar toda la vida. La justificación nunca debe confundirse con la santificación ni divorciarse de ella.

La fe no es nunca la base de la justificación. El Nuevo Testamento nunca dice que la justificación sea “día pístin”, “por causa de la fe”, sino siempre “día písteos”, “a través de la fe”. La Biblia no considera la fe como algo meritorio, sino más bien simplemente como una mano extendida para recibir el don gratuito de Dios. La fe siempre ha sido el medio de justificación, aun en el caso de los santos del Antiguo Testamento (véase Gál. 3:6-9).

La adopción: Es el acto de gracia soberana por medio del cual Dios les da todos los derechos, privilegios y obligaciones relacionados con pertenecer a su familia, los que reciban a Jesucristo. En el Nuevo Testamento la adopción denota un acto de libre gracia de Dios, por el cual, justificándonos por la fe, somos recibidos en la familia de Dios y constituidos herederos del patrimonio celestial. En Cristo Jesús, y mediante sus méritos expiatorios, los creyentes reciben la adopción «de hijos» (Gál. 4:4-5). La palabra griega hyiozesía, “adopción”, aparece cinco veces en el Nuevo, sólo en los escritos de Pablo, y siempre con un sentido religioso. Por supuesto, al convertirnos en hijos de Dios no nos hacemos divinos. La divinidad sólo pertenece al único Dios verdadero.

La perseverancia: Se refiere a la operación continua del Espíritu Santo, por medio de la cual será completada la obra de Dios que ha comenzado en nuestro corazón. (Filip. 1:6). Bíblicamente, la perseverancia no significa que todo aquél que profese creer en Cristo y se convierta en miembro de una comunidad de creyentes, tenga la eternidad asegurada.

Hay un importante apoyo en el Nuevo Testamento para el punto de vista calvinista. Jesús no perderá nada de cuanto Dios le ha dado (Jn. 6:38-40). Las ovejas nunca perecerán (10:27-30). Dios siempre escucha las oraciones de Jesús (11:42), y Él oró para que el Padre mantuviera salvaguardados y protegidos a sus seguidores (17:11). Es Cristo quien nos guarda (1 Jn. 5:18). Nada nos separará del amor de Dios (Rom. 8:35-39). El Espíritu Santo en nosotros es el sello y la garantía de nuestra redención futura (2 Co. 1:22; 5:5; Ef. 1:14). Dios guarda lo que ponemos bajo su custodia (2 Tim. 1:12). Él puede salvar para todos los tiempos a aquéllos que crean (Heb. 7:24-25). Su poder nos guarda (1 Ped. 1:5). Dios en nosotros es mayor que todo cuanto haya fuera de nosotros (1 Jn. 4:4). ¡Qué seguridades tan grandes! Ningún creyente puede ni debe vivir sin ellas. Si fuera esto todo cuanto el Nuevo Testamento dice, la posición del calvinismo permanecería segura. Sin embargo, hay algo más. Los wesleyano-arminianos aceptan de buen grado la fuerza y seguridad expresadas en los pasajes anteriores. Sin embargo, parece que los calvinistas acuden a veces a giros y vueltas exegéticos y hermenéuticos para evitar las implicaciones de otros pasajes del Nuevo Testamento. La apostasía, no simplemente formal, sino real, es posible (Heb. 6:4-6; 10:26-31). La palabra griega apostasía, “apostasía”, “rebelión”, procede del verbo “afístemi”, “dejar”, “marcharse”, que conlleva la idea de apartarse del lugar donde uno se encontraba. Millard Erickson dice: “El escritor… está pensando en una situación hipotética… Jesús (Juan 10:28) nos está diciendo lo que sucederá; esto es, que sus ovejas no perecerán. Entonces, podemos entender que la Biblia lo que dice es que podríamos caer, pero que, por medio del poder preservador de Cristo, no caeremos.” Si es posible que suceda, ¿por qué es sólo hipotéticamente posible? Erickson y la mayor parte de los calvinistas citan Heb. 6:9 como evidencia: “Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores”. Esta justificación resulta débil a la luz de heb. 6:11-12: “Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.” La perseverancia en la fe y la práctica hace seguras la esperanza y la herencia. ¿Es realmente posible interpretar Heb. 10:26-31, aun a pesar del versículo 39, de una manera tal que lleguemos a la conclusión de que sólo se refiere a una posibilidad lógica, pero no real?

La obra salvadora de Cristo se alza como el pilar central dentro de la estructura del templo redentor de Dios.

 

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