Escatología

La Doctrina de los Últimos Acontecimientos o Eventos Futuros.

INTRODUCCION
El término “escatología” viene de dos palabras griegas del griego antiguo “éskhatos”, que significa: “último” y “logos” (en griego λóγος -lôgos- ) que significa: la palabra en cuanto meditada, reflexionada o razonada, es decir: "razonamiento", "argumentación", “estudio”, "habla" o "discurso". De allí que, la escatología es el estudio doctrinario que trata con los últimos eventos.
La doctrina de las últimas cosas o eventos futuros trata tanto del futuro del individuo como de los destinos eternos de la humanidad, así como en general del desarrollo del plan profético de Dios a través de la Historia. El foco de interés se halla en el establecimiento del Rey en un reino de Dios.
Habiendo fracasado el primer Adán como cabeza de la creación en mantenerse él mismo sometido a Dios, Satanás viene a ser el dios de este mundo. El desarrollo de la historia de la Redención y del futuro y definitivo establecimiento del Reino de Dios por parte del Hijo del hombre, el Segundo Adán, el Dios-hombre, es lo que constituye el centro de toda la escatología. El primer paso en este establecimiento se da en la batalla de la cruz, en la que Satanás pierde su poder. El segundo paso será cuando el Resucitado, que «destruyó mediante la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, el diablo» (He. 2:14), venga a hacer efectiva su victoria, y a tomar el dominio que ya le pertenece en virtud de la redención consumada por Él.
La Biblia revela a Dios como el Dios de la esperanza que nos da paz y gozo cuando confiamos en Él (Romanos 15:13). La seguridad que tiene el creyente en su esperanza es doble: (1) el amor de Dios que envió a Jesús a la cruz por nosotros (Romanos 5:5–10) y (2) los actos de poder del Espíritu Santo que causan que abundemos “en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Romanos 15:13). De esta forma, el Espíritu Santo, que nos bautiza y nos llena, “es las arras (el depósito, el primer pago) de nuestra herencia” (Efesios 1:14). Pablo nos muestra también que nuestra esperanza no es incierta; es tan segura como lo más seguro entre todo lo que ya tengamos.
La única razón por la cual son llamadas “esperanza” la promesa de nuestra resurrección, nuestro nuevo cuerpo, nuestro reinar con Cristo y nuestro futuro eterno, es que no los tenemos aún (Romanos 8:24–25). Esta esperanza nunca nos va a desilusionar, o hacer que nos sintamos avergonzados por habernos aferrado a ella, porque la mantiene viva, y manifiesta que es verdadero el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en nuestro corazón (Romanos 5:5). El hecho de que Él enviara a su Hijo a morir por nosotros es la demostración suprema de ese amor y nos da la certeza de que el mismo amor proporcionará todo lo necesario para ver que lleguemos a la gloria eterna (Juan 3:16; Romanos 5:8–10; 8:18–19).

Lo que dice la Biblia acerca de los acontecimientos finales de la vida y la historia no es una simple idea de última hora. La Biblia va desarrollando gradualmente un  plan de redención con las promesas hechas a Abraham (Génesis 12:3), a David (2 Samuel 7:11,16) y a los profetas del Antiguo Testamento; promesas que apuntan  al futuro, hacia la venida de Jesús y su triunfo final. Es decir, que toda la Biblia está enfocada hacia el futuro; un futuro que está asegurado por la naturaleza misma  de Dios.

¿Por qué es importante el estudio de los eventos futuros o de escatología?
Porque Dios tenía presentes desde el principio las últimas cosas.  Es cierto que la Biblia centra su atención alrededor de la primera venida de Cristo, que logró la salvación e hizo que el futuro irrumpiese en el presente de una manera promisoria. Con todo, la segunda venida de Cristo, que traerá consigo la consumación del plan de Dios y la gloria que nosotros vamos a compartir, también se halla presente.
Los profetas del Antiguo Testamento miraron hacia los últimos días sin indicar con precisión cuándo llegarían. No era su propósito satisfacer la curiosidad de la gente, sino centrarse en los propósitos de Dios y utilizar las profecías como incentivo para obedecer la voluntad de Dios en el presente. (Leer Isaías 2:2-3,5; Sofonías 2:3)
De una manera similar, el Nuevo Testamento usa la esperanza de la venida de Cristo como motivación. “Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:2-3). Cuánto tiempo sería éste, Jesús no lo dijo con exactitud; el momento de su regreso, sólo lo conoce el Padre que está en los cielos (Mateo 24:30,36; Marcos 13:32–33). Entre las últimas palabras de Jesús que recoge el Nuevo Testamento, se halla esta declaración: “¡He aquí, vengo pronto!” (Apocalipsis 22:7, 12). Los que se burlan dirán: “¿Dónde está la promesa de su advenimiento?” (2 Pedro 3:4). Sin embargo, tenemos que recordar que Dios no mira al tiempo de la misma forma que nosotros: “Para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8). Además, le interesa que haya más personas que acudan al arrepentimiento, y que nosotros podamos seguir llevando adelante la Gran Comisión (2 Pedro 3:9). Por consiguiente, es bueno que vivamos en la tensión entre el “pronto” y el “todavía no”, haciendo su obra, realizando las tareas que Él nos encomienda, hasta que Él regrese (Marcos 13:33–34; Lucas 19:13). Jesús mismo prometió: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo” (Juan 14:3). O sea, que los que son tomados, son recibidos en la presencia de Jesús para estar con Él eternamente (1 Tesalonicenses 4:17). A fin de dar mayor fuerza a la exhortación a estar siempre listos, Jesús repitió también el hecho de que nadie conoce el momento de su regreso, sino el Padre (Mateo 24:36, 42, 44; Marcos 13:32–37).
Jesús advirtió también contra el exceso de atención a las señales. Los falsos cristos (mesías, “ungidos”, grupo en el que se incluye a los que afirman tener una unción especial superior a la de los demás) usarán señales para engañar (Mateo 24:4–5). Jesús explicó que las guerras y los rumores de guerras no son señales. Es necesario que sucedan esas cosas, simplemente porque son (junto con las hambres, los terremotos, las persecuciones, las apostasías, los falsos profetas y el aumento en la maldad) características de toda la era situada entre la primera venida de Cristo y la segunda, la era en la cual nosotros tenemos la responsabilidad de predicar el evangelio en todo el mundo (Mateo 24:6–14).
La mayor parte de los teólogos reconocen que “en el Nuevo Testamento se ve el futuro como el desarrollo de lo que es dado en la resurrección de Cristo”. Su resurrección era el tema clave en la predicación de la Iglesia Primitiva. En el día de Pentecostés, Pedro centró la atención en Jesús. Pablo proclamó que “ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20). “Y si el Espíritu de aquél que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11). Pedro también habló de “una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible” (1 Pedro 1:3–4). De manera que la resurrección de Cristo se convierte en la garantía de que nosotros seremos resucitados y transformados, de tal forma que nuestro cuerpo resucitado será inmortal e incorruptible (1 Corintios 15:42-44, 47-48, 50-54).

La muerte y el estado intermedio
Parte de la escatología trata de las últimas cosas en lo que respecta a nuestra vida presente, y la cuestión de la muerte y lo que sucede en el estado intermedio, el estado entre la muerte y el retorno de Cristo.    
El Antiguo Testamento muestra con gran claridad que Dios es la fuente de toda vida, y que la muerte está en el mundo como consecuencia del pecado (Génesis 1:20–27; 2:7, 22; 3:22–23).

Vida y Muerte

Noción del Antiguo Testamento.
El Antiguo Testamento reconoce la brevedad y fragilidad de la vida. Job 7:6-7; 1 Reyes 2:2; Salmo 103:15-16.
El Antiguo Testamento fomenta un optimismo saludable, poniendo más énfasis en la vida como un don de Dios que se debe disfrutar junto con sus bendiciones. Salmo 128:5-5; Salmo 91:16.
En el Antiguo Testamento el suicidio era extremadamente raro. Amar la obediencia significaba vida y bendición.
La desobediencia y la rebelión de idolatría resultaría en muerte y destrucción. Deut. 30:15-20.
Recordemos que la muerte está en el mundo como resultado del pecado y es inevitable para todos porque todos hemos pecado. Gn. 2:17; Gn. 3:19,22-23.

Noción en el Nuevo Testamento.
El nuevo Testamento reconoce que la muerte entró en el mundo por el pecado, y debido a que todos hemos pecado la muerte viene a todos. Ro. 3:23; 5:12; 6:23.
La muerte pone fin a nuestra oportunidad de tomar decisiones que afectarían nuestro futuro eterno. Heb. 9:27; Ef. 5:15-16; Col. 4:5.
La muerte nuestro enemigo. 1 Co. 15:26; Ap. 20:14.
Los creyentes por medio de Cristo somos vencedores y no debemos temer a la muerte. Heb. 2:14-15; Heb. 13:5-6; 1 Co. 15:56-57; Ro. 8:36-39.
El creyente a pesar de la muerte no se aflige como el que no tiene esperanza. 1 Tes. 4:13.
Porque los que mueren en sus pecados están perdidos eternamente.
La fe en Cristo da una nueva actitud. Filip. 1:21

El lugar del más allá.
En el Antiguo Testamento el lugar del más allá para los malos a menudo se llama “Seol” (por lo general traducido como “infierno” o “el sepulcro”). Cuando se traduce como infierno, no es el lugar donde Satanás tiene su cuartel general, ni tampoco está controlado por él (1 Samuel 2:6; Salmo 39:8; Amos 9:2).
El “Seol” no es el sepulcro. Puesto que los términos Sheol, “muerte” (heb. mavet), “tumba” (heb. qever), “abismo” (heb. bor) y “destrucción” (heb. ‘abaddón, o “Abadón”) son paralelos algunas veces (por ejemplo, Salmo 30:3), algunos afirman que tanto Sheol como “abismo” se refieren siempre a la tumba. Sin embargo, la Biblia señala que las personas siguen teniendo algún tipo de existencia en el Sheol (Isaías 14:9-10; Ezequiel 31:21). En consecuencia otros consideran que el Sheol es el lugar de la otra vida, y afirman que nunca se refiere a la tumba. Los judíos llamaban Seol al lugar a donde se dirigían todos los muertos.
En realidad, “Seol” a menudo se describe como una profundidad que contrasta con la altura del cielo (Job 11:8; Salmo 139:8; Amos 9:2).
“Seol” traducido como “hades”. En donde el Nuevo testamento cita pasajes del Antiguo Testamento que se refieren al “Seol” lo traduce con la palabra “Hades”, que se ve, no como un lugar vago del que hablaban los griegos paganos, sino como un lugar de castigo (Lc. 10:15; 16:23-24; Ap. 6:8; 20:13; 1Pedro 3:19-20).
El “Seol” como lugar para los malos. Varios pasajes indican que el Seol es un lugar de castigo para los malos. Salmo 9:17; Deut. 32:22 (abismo); Salmo 55:15 (seol/sepulcro); 55:23 (seol/pozo de perdición); Num. 16:23-33.

Enseñanza (del estado intermedio) del Nuevo Testamento.
El énfasis el Nuevo testamento recae en la resurrección del cuerpo antes que lo que sucede inmediatamente después de la muerte.
La muerte nunca fue la intención original para la humanidad, y a fin de cuantas (cuando vengan los cielos nuevos y la tierra nueva) “no habrá más muerte (Ap. 21:4). La muerte será “devorada por la victoria” (1Co. 15:54).
Para el creyente, “el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Filip. 1:21-24).
Para el creyente, la muerte nos da descanso de nuestra labores y sufrimientos y una entrada a la gloria (2 Co. 4:17; 2 Pd. 1:10-11; Ap. 14:13).
En Lucas 16:19-31 vemos al el rico y Lázaro y podemos ver que el destino del malo como del bueno no puede ser cambiado después de la muerte.
La diferencia en el estado del rico y el de Lázaro también parece implicar que a su muerte hubo un juicio respecto a su destino. Tradicionalmente a esto se le ha llamado el “juicio particular” en contraste al tribunal de Cristo después del rapto y al Juicio ante el Gran Trono Blanco después del milenio.

Estar con el Señor.
El deseo de Pablo, sin embargo, no era estar con Abraham, sino estar con el Señor. Indicó que tan pronto como dejara el cuerpo (al morir), estaría presente con el Señor (2 Co. 5:6-9; Filip. 1:23). Jesús le promete al ladrón de la cruz el paraíso (Lucas 23:43). El paraíso es identificado como el cielo (2 Co. 12:1-5), (en Hechos 7:56,59 Esteban esperaba estar con Jesús), (Heb. 8:1-2).
Jesús habla del cielo como un lugar preparado donde hay abundante espacio (Juan 14:2). No es un lugar temporal, sino “moradas eternas” (2 Co. 5:1). Es un lugar de gozo, de comunión con Cristo y otros creyentes (Ap. 4:10-11; 5:8-14; 14:2-3; 15:2-4). Nuestros cuerpos serán glorificados (Filipenses 3:20-21).

Otras nociones del más allá.

Sueño del alma. Es verdad que Jesús y Pablo hablaron de “dormir” o “sueño” (Mt. 9:24; Jn. 11:11; 1Co. 15:6,18,20,51; 1 Tes. 4:13-15; 5:10). Pero algunos como los Adventistas del Séptimo Día, han desarrollado la teoría de la psicopaniqui (de “Psicopaniquia”, término que daban los nestorianos al sueño de las almas después de la muerte) o sueño del alma. Sin embargo, Jesús y Pablo usaron “dormir” simplemente como figura, para indicar que no hay que temer a la muerte, sino que es una entrada a una quietud y reposo. “Dormir”, es un término que se usa para nuestro punto de vista presente y se puede aplicar solo al cuerpo. El cuerpo es el que resucita a la vida Mt. 27:52. El espíritu sigue conscientemente vivo.
Otros suponen que después de la muerte pasan a un estado de estupor (Estado de la persona que está parcialmente inconsciente debido a una disminución de la actividad de las funciones mentales y físicas y de la capacidad de respuesta a los estímulos). La Biblia dice lo contrario en Lc. 16:25; Ap. 5:9; 6:10-11; 7:9-10.

El purgatorio. Los católicos romanos declaran por autoridad de su iglesia que todos los elegidos futuros, excepto los santos especiales y mártires, deben pasar por el “purgatorio” para ser purificados y preparados para entrar al cielo. Veamos lo que dice una definición del purgatorio desde la perspectiva católico romana: “Purgatorio” (perspectiva católica romana): "Lugar y estado en que las almas de los justos, muertos en pecado venial y con la deuda de la pena temporal debida por los pecados graves ya  perdonados, son sometidas a justos sufrimientos purificadores para que, pagada toda deuda, se hagan dignas del Paraíso. La existencia del Purgatorio es verdad  de fe definida por el Concilio de Trento: En el libro 2da de los Macabeos se lee: “santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que sean liberados  de  sus  pecados”, Y San Pablo  (I Cor. 3, 11  ss.) habla  de los que teniendo mezclada con sus buenas obras alguna escoria de pecado se salvarán   (en Ia otra vida) a través del fuego. En  los primeros siglos no hay una doctrina  explicita sobre el Purgatorio. A partir de San Agustín se desarrolla  también Ia doctrina que llega sustancialmente inmutable hasta nuestros días en Oriente y Occidente. Los Escolásticos tratan del Purgatorio como de una verdad perteneciente a la doctrina de la fe. La Iglesia, aunque defiende la existencia del Purgatorio, no ha definido explícitamente cuales sean sus penas: se refiere incidentalmente al fuego, suavizada por la esperanza cierta de ir al cielo después  de la debida  expiación. Comúnmente admiten los Padres y Teólogos (católicos) una pena de sentido sin excluir el fuego, El Purgatorio  durará solamente hasta el día del juicio”. Como podemos ver por este contexto, aparecieron en el siglo once las indulgencias como una manera conveniente de reducir los sufrimientos del purgatorio. Lutero reaccionó contra su abuso. La doctrina del purgatorio no tiene base bíblica, pues el concepto de purgatorio, viola la clara enseñanza de la escritura de la suficiencia de la sangre de Cristo para limpiar el pecado, y de salvación mediante la fe (Vea Heb. 10:10–23; Ef. 2:8–10; Rom. 3:24–28; 5:1, 2, 9, 10; 8:1, 31–39; 10:8–11; I Jn. 2:1, 2; 3:1, 2).

 
El limbo. Algunos católicos romanos también conjeturaron que hay una condición llamada “limbo” para los bebes no bautizados. Aunque los líderes católicos se han dado cuenta que tampoco hay base bíblica para tal enseñanza no la han quitado oficialmente.
Limbo: En la teología católica, el limbo se refiere a un estado o lugar temporal de las almas de personas creyentes que, pasada su vida física, murieron tiempo antes de la resurrección de Jesús (limbo de los patriarcas), y un estado o lugar permanente de los no bautizados que mueren a corta edad sin haber cometido ningún pecado personal, pero sin haberse visto librados del pecado original, mácula que sólo puede ser eliminada a través del bautismo, en cualquiera de sus formas (limbo de los niños).

 
Espiritismo. También llamado “espiritualismo” enseña que los médiums se pueden comunicar con los muertos, por lo general mediante un espíritu de ‘control’, y que los espíritus de los muertos siguen en la proximidad de la tierra.
La Biblia prohíbe todo intento de comunicarse con los muertos. Lv. 19:31; Lv 20:6,27; Is. 8:19-22

 
Reencarnación. Algunas religiones orientales, debido a su creencia cíclica de la historia que niega un principio y un fin, enseñan la reencarnación: cuando muere, la persona, se le da una nueva identidad y nace en otra vida como un animal o un ser humano, o incluso un dios. Por tanto, la reencarnación es la creencia consistente en que la esencia individual de las personas (ya sea mente, alma, conciencia o energía) adopta un cuerpo material no solo una vez sino varias según va muriendo.
Esta creencia aglutina de manera popular diversos términos: metempsicosis, que viene del término griego meta (después, sucesivo) y psyche (espíritu, alma). Transmigración (migrar a través). Reencarnación (volver a encarnar). Renacimiento (volver a nacer). Todos estos términos aluden a la existencia de un alma o espíritu que viaja o aparece por distintos cuerpos, generalmente a fin de aprender en diversas vidas las lecciones que proporciona la existencia terrena, hasta alcanzar una forma de liberación o de unión con un estado de conciencia más alto.
La creencia en la reencarnación ha estado presente en toda la humanidad desde la antigüedad, en la mayoría de las religiones orientales, como el hinduismo, el budismo y el taoísmo, y también en algunas religiones africanas y tribales de América y Oceanía.
La Biblia enseña lo contrario: 2 Co. 6:2; 2Co. 5:10; Ro. 2:5-6; Heb. 9:27.