Este capítulo se centra en el Espíritu Santo y la santificación, aun cuando estén relacionados con ella los tres miembros de la Trinidad. El plan es de Dios y su anhelo es nada menos que la santificación.  Jesucristo murió para hacer posible ese plan, pero su obra en la cruz ha terminado (Jn. 19:30; Heb. 10.10-14). El agente activo hoy en la santificación es el Espíritu de Dios y los símbolos de purificación con los que se le representa en las Escrituras: el agua y el fuego. 

El título “Espíritu Santo” aparece noventa y cuatro veces en el Nuevo Testamento (incluyendo la aparición única de “Espíritu de santidad” en Rom. 1:4). 

Es frecuente que se simbolice al Espíritu de Dios por medio del agua (Is. 44:3-4; Ez. 36:25-27; Joel 2:23; véanse 2:28; Jn. 7:38-39; véase 19:34), o que se hable de Él con términos reservados generalmente a los fluidos: “derramar” (Zac. 12:10; Hech. 2:17-18; 10:45), “llenar” (Luc. 1:15; Hech. 2:4; Ef. 5:18), “ungir” (Is. 61:1-2; véase Luc. 4:18); incluso “bautizar” y “bautismo” (Jn. 1:33; Hech. 1:5; 1 Corintios 12:13). Menos frecuentemente, se simboliza al Espíritu con el fuego (Hech. 2:3; Ap. 4:5) o se le encuentra en una estrecha relación con él (Mat. 3:11; Luc. 3:16). Estos símbolos eran poderosos para los oyentes judíos, acostumbrados a los bautismos y a otros ritos de purificación que había en el judaísmo del primer siglo. 

En general, cuando la gente de hoy habla de la obra del Espíritu Santo con respecto a la santificación, se refiere a un proceso (o experiencia) espiritual por el cual pasa la persona, y que la hace más santa. Sin embargo, la obra santificadora del Espíritu comprende más aún. Es parte integral de todo el plan de Dios para la humanidad; su “historia de la salvación”. Como tal, incluye su obra, tanto con los convertidos, como con los no convertidos. 

 
Definición de la santificación 

La santificación es el proceso por medio del cual Dios está limpiando nuestro mundo y sus habitantes. Su meta final es que todas las cosas—animadas o inanimadas—sean purificadas de toda mancha de pecado o impureza.  

La misión del Espíritu Santo en la etapa presente de la historia de la salvación es cuádruple: 1) convencer al mundo; 2) limpiar al creyente con la sangre de Cristo cuando nace de nuevo; 3) hacer real en la vida del creyente el pronunciamiento legal de justicia que Dios ha hecho; y 4) llenar de poder al creyente para que ayude en el proceso de santificación de otros por: a) la proclamación del evangelio a los no creyentes y b) la edificación de los creyentes. 

Como definen la santificación algunos teólogos.  

A. H. Strong define la santificación como “esa operación continua del Espíritu Santo, por medio del cual se mantiene y fortalece la disposición santa impartida en la regeneración”. 

Charkes Hodge está de acuerdo con el Catecismo de Westminster, que define la santificación como “la obra de la gracia de Dios por medio de la cual somos renovados en el hombre entero según la imagen de Dios, y podemos morir cada vez más al pecado, y vivir para la justicia”. 

Las dos anteriores definiciones parecen adecuadas, pero nos parece que la definición más clara de la forma en que entendemos esta parte del proceso nos llega de • Millard Erickson que define la santificación como “una continuación de lo que ha comenzado en la regeneración, cuando le fue otorgada e impartida al creyente una novedad de vida. En especial, la santificación es la aplicación por parte del Espíritu Santo a la vida del creyente de la obra hecha por Jesucristo”.  

 
La Santificación en la Historia de la Iglesia. 
 
Los primeros creyentes creían que la venida de Jesús era inminente y se dedicaron al evangelismo enfatizando la salvación. Hechos 2:7. A medida que pasaron los años, y se retrasaba la venida de Cristo, los escritos del Nuevo Testamento indican que se desarrollaron ciertos problemas en la Iglesia.  

• Hubieron problemas en las iglesias concernientes a la santidad (como en las iglesias de Corinto, Galacia, Colosas y las de Apocalipsis 2 y 3). Problemas entre judíos y gentiles, etc. 

• La iglesia posterior a la época del NT se retiró de la doctrina bíblica de una santificación por pura gracia, dada y mantenida únicamente por el poder de Dios. En lugar de esto, la interpretación bíblica se convirtió en farisaica y legalista (Mat. 23). En resumen, a pesar de todas las epístolas de Pablo y los esfuerzos misioneros, fueron muchos los que no supieron aprender las lecciones de la santificación. 

• Los primeros padres escribieron poco acerca de la santidad. Sin embargo, Ignacio de Antioquía sí enseñaba que “tener a Jesús dentro de uno” era lo que producía una renovación moral. No obstante esto, la Iglesia temprana sí enseñaba que la salvación dependía de una combinación de fe y buenas obras. Concretamente, decían que el bautismo cristiano limpiaba de los pecados anteriores a él, pero que las fallas morales posteriores al bautismo cristiano exigían cierta forma de contrapeso de penitencia o buenas obras.  

• Los escritos de Agustín acerca de los sacramentos influenció a la iglesia (ya conocida como la Iglesia Católica). Berkhof resume la doctrina de Agustín, diciendo: “Puesto que creía en la corrupción total de la naturaleza humana por causa de la caída, pensaba que la santificación era una nueva impartición de vida divina… que operaba exclusivamente dentro de los confines de la Iglesia y a través de los sacramentos”. La importancia que le da Agustín al papel de los sacramentos en el proceso de santificación tuvo una notable influencia en la Iglesia. Con todo, más importante aún fue su insistencia en que estos sacramentos eran propiedad exclusiva de la Iglesia. 

• En los momentos más cimeros de la Edad Media, Tomás de Aquino amplio esta doctrina, enseñando que la Iglesia controlaba “un tesoro de méritos” que podía otorgar a un creyente que los necesitara. Después del bautismo cristiano, los “pecado veniales” del creyente podían ser borrados por el sacramento de la comunión, mientras que los “pecados mortales”, más graves, exigían cierta forma de penitencia. 

• Los dirigentes de la reforma se sintieron angustiados y reaccionaron ante la corrupción en la Iglesia Católica, en consecuencia, le restaron importancia al papel de la iglesia institucional y de los sacramentos en la santificación. Alegaban al respecto que la santificación es la obra del Espíritu, “en primer lugar por medio de la Palabra, y (sólo) de manera secundaria por medio de los sacramentos”. También decían que “la justificación proporciona la fuerza que motiva a la santificación”. 

• Los pietistas y los metodistas, apartaron aún más este proceso del control de la Iglesia. Afirmaban que el Espíritu Santo realizaba esta obra por medio del amor, la entrega y la obediencia del creyente a Cristo, junto con un anhelo por la santidad práctica, y una lucha por alcanzar la perfección. Insistían en una relación espiritual individual y personal, más que en la participación en una actividad patrocinada por la iglesia institucional: los sacramentos (catolicismo) o la predicación de la Palabra (luteranismo). 

• ¿Cómo fue la reacción de Juan Wesley? Juan Wesley mismo fue más extremista aún, y enseñaba que aquellos que carecían de vitalidad espiritual habían sido salvos, pero no santificados. Creía que la justificación y la santificación eran dos obras distintas y separadas de la gracia. La salvación era la primera; la santificación, la segunda. Con frecuencia le daba a esta segunda obra el nombre de “perfección cristiana”, diciendo que hacía imposible toda transgresión voluntaria de las leyes de Dios. La solución a los problemas espirituales de la Iglesia en su tiempo era esta segunda obra de la gracia: la santificación. La santificación proporcionaría una espiritualidad personal mayor y aumentaría el poder para trabajar en los campos de cosecha del mundo. 

• Los miembros del movimiento de santidad, del siglo diecinueve hasta principios del veinte, adoptaron muchas de las características del metodismo temprano. Entre estas se hallaba la distinción entre una primera obra de la gracia y una segunda obra. En muchas ocasiones, esta segunda obra de la gracia fue identificada como el bautismo en el Espíritu santo. 

• Charles Finney, aunque aceptaba la enseñanza wesleyana de una segunda obra (instantánea) de la gracia, enseñaba que no era una obra de santificación; era un revestimiento de poder. 

• Reuben A. Torrey fue otro líder importante de la Iglesia en este aspecto. Animado por el evangelista Dwight L. Moody, ofreció una versión distinta de esta doctrina. Enseñó que la santificación era un proceso, pero que el poder para servir procedía del bautismo en el Espíritu. En otras palabras, rechazaba la identificación que hacían los grupos de santidad del bautismo en el Espíritu como una “segunda obra de la gracia” que proporcionaba santidad. Retuvo la expresión “bautismo en el Espíritu”, estuvo de acuerdo en que era posterior a la salvación, y enseñó que únicamente era un don divino que daba poder espiritual. 

• La creciente insistencia en la obra del Espíritu Santo a fines del siglo diecinueve preparó el camino para la renovación del pentecostalismo a principios del siglo veinte. Sin embargo, Algunos de los primeros pentecostales sostenían que el bautismo en el Espíritu Santo era una tercera obra de la gracia: 1) la salvación, por la cual una persona era purificada de los pecados de la vida no regenerada; 2) la santificación, que proporcionaba victoria sobre el pecado en esta vida, en el sentido wesleyano; y 3) el bautismo del Espíritu Santo, que le daba poder al creyente para servir a Dios y a los demás. Las dos últimas parecían relegar al resto de la Iglesia a una posición espiritual inferior, alentando un elitismo espiritual pentecostal. Pronto, los no pentecostales comenzaron a caracterizar a todos los pentecostales como elitistas, aun aquéllos que no habían tomado posiciones tan extremas. Lamentablemente, parece haberse perdido la doctrina de la santificación en el calor de la batalla. 

 
La Santificación en el Antiguo Testamento.  
 
La terminología. 

Qadash y los términos relacionados:  

Término traducido como “el Santo”, conlleva la idea básica de separación o de alejamiento del uso ordinario con el fin de ser consagrado a Dios y a su servicio. Dios manda “sed Santos”. La razón de Dios al mandato “porque yo soy Santo”. 1 Ped. 1:15-16 (Lv. 20:7). “Qadash” se encuentra en la Biblia tanto en forma de verbo (“ser apartado”, “consagrado”) como de adjetivo (heb. “Qadosh”, “sagrado”, “santo”, “consagrado” (un lugar, una persona, etc.). El Nuevo Testamento suele utilizar el griego “haguiádzo” y los vocablos de su grupo (por ejemplo, gr. “háguios”) para comunicar la misma idea. Quizás la mejor manera de definir la santidad sea en función de la personalidad de Dios. La Biblia enseña claramente que la característica fundamental de Dios es la santidad. Es lo que Él dice de sí mismo: “Seréis, pues, santos, porque yo soy santo” (Lev. 11:44; véase también 1 Ped. 1:15–16). La santidad, en su sentido básico, es algo que no es humano ni terrenal; pertenece por completo a otro ámbito. Es decir: un Dios santo es un Dios que es separado y distinto con respecto a su creación (lo opuesto a lo que enseña el panteísmo). 

Taher y los vocablos relacionados:  

El hebreo “taher” no es tan común como “qadash” en el Antiguo Testamento, pero es al menos igualmente importante para comprender la santificación. Su significado radical es “ser limpio, puro”. Esta limpieza puede ser una limpieza ceremonial, moral o incluso la limpieza de un metal. En cuanto a su uso, no parece haber ninguna distinción mayor entre limpiar de la impureza física (la contaminación por el contacto con sustancias inmundas) y limpiar de la impureza espiritual (la corrupción moral). 

 
Los ritos de purificación. 

El Antiguo Testamento enseña que algo puede quedar separado de Dios, o bien por el pecado, o por la impureza. En Levítico y Números se describen ritos de purificación que pueden dividirse en dos categorías: 

Ritos para cosas que se pueden purificar. Todos estos ritos usan el agua. •• Una persona que había quedado inmunda tenía que lavar sus ropas, y quedaría inmunda hasta el atardecer (Lev. 11:36-38, 40; 12:6, etc.). Los que eran sanados de una enfermedad de la piel eran rociados siete veces con agua mezclada con sangre. Entonces tenían que lavar sus ropas, afeitar todo el pelo de su cuerpo, bañarse y permanecer inmundos por siete días (Lev. 14:1-9; véase Núm. 19:1-10, 17-22). Al octavo día, debían traer un sacrificio, y el sacerdote tomaría un poco de sangre y aceite del sacrificio para ungirlos con ellos. Entonces quedaban limpios (Lev. 14:10-32). Bajo las condiciones correctas, aun el agua podía quedar inmunda (Lev. 11:33-35). Los rabinos de épocas posteriores iban hasta los últimos detalles para especificar la cantidad de agua y el tipo de rociamiento, o incluso bautismo, que cada clase de impureza exigía para limpiarla. 

“Agua Viva”. Aquí se encuentra la importancia de la expresión “agua viva”. Gramaticalmente, significa simplemente “agua que se mueve, o que fluye”. Pero teológicamente significa “agua que nunca puede ser hecha inmunda” 

Otros términos usados con respecto a estos ritos de purificación se abrieron camino hasta el Nuevo Testamento, formando parte de la teología de la santificación. Entre ellos están “rociar” (Heb. 9:13-28; 10:22; 11:28; 12:24; 1 Ped. 1:2), “lavar” (Mat. 15:2; Jn. 13:5-14; Hech. 22:16; 1 Co. 6:11; Ap. 1:5) y “bautizar” (Rom. 6:4; Ef. 4:5; Col. 2:12; Heb. 6:2; 1 Ped. 3:21), así como los términos más generales para santidad y limpieza. 

• Ritos para cosas que no se pueden purificar. 

Esto incluía una serie de materiales: tela o cuero con cualquier tipo de moho destructivo (Lev. 13:47-59), o una casa en la que no se había podido limpiar el moho (Lev. 14:33-53). Generalmente, este tipo de cosas eran destruidas (Lev. 11:33, 35; 14:40-41, 45), a menudo por el fuego (Lev. 13:52, 55, 57). Dios destruyó a Sodoma y Gomorra por medio del fuego (Gn. 19:24; véase también Luc. 17:29-30), tal como hizo más tarde con la Jerusalén idólatra (Jer. 4:4; 17:27).  

Puesto que los ritos son presentaciones visuales de verdades espirituales, ¿qué verdades quiere Dios que aprendamos con estos ritos de purificación? Que Dios es Santo y exige santidad de su pueblo. También nos enseñan algo más: que Dios desea que todo llegue a ser hecho santo.  

Esta verdad tiene una poderosa aplicación espiritual para los que estamos bajo el nuevo pacto. Dios, por medio del poder santificador de su Espíritu, sigue deseando purificar a quienes se desprendan de su pecado. 

La promesa profética. 

Los profetas hebreos miraban hacia un tiempo en el futuro en el que Dios limpiaría a toda la humanidad y al mundo en que ella vive. Dios les reveló que Él realizaría esta gran labor de purificación por medio de su Espíritu: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). 

Profetas usaron terminología de ritos de purificación para describir esto. Por ejemplo, en Ezequiel le dice Dios a Israel: “Esparciré sobre vosotros agua limpia (heb. tehorim), y seréis limpiados (heb. tehartem) de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré (heb. ataher). Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra… Y os guardaré de todas vuestras inmundicias” (Ez. 36:25-27, 29). 

Esta purificación por el Espíritu (así como otros aspectos de su obra) estaría a disposición de todos en el futuro; tanto hombres como mujeres, judíos como gentiles, jóvenes como ancianos (Ez. 38:33-35; 37:21-23; Joel 2:28–32). 

Zacarías profetizó que este río de “aguas vivas” se dividiría en cuatro partes para regar la tierra (Zac. 14:4, 8), como en el huerto del Edén (Ez. 36:35; véase Génesis 2:20). En ese día, el Señor gobernará desde Jerusalén y toda nación subirá allí para adorarlo (Zac. 14:16). 

Los pasajes de Ezequiel y Zacarías eran leídos anualmente en la fiesta judía de los Tabernáculos.1 Jesús asistió a esta fiesta por lo menos una vez: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn. 7:37–38). “De su interior” (gr. ek tés koilías aytú) significa literalmente “de su vientre”. Esto no significa que esté hablando del vientre del creyente, ni se puede referir directamente al vientre del Mesías, puesto que no hallamos ninguno de los dos conceptos en las Escrituras del Antiguo Testamento. Se refiere a Jerusalén, donde Jesús sería crucificado, y donde se derramaría el Espíritu Santo el día de Pentecostés. 

Los judíos entendieron que Jesús hablaba de Jerusalén (como el ombligo de la tierra), y que sus palabras se referían a dos de los pasajes litúrgicos leídos en la fiesta: Zacarías 14 y Ezequiel 36. Estaban en lo cierto, aunque sólo parcialmente. Jesús quería que supiesen que este poderoso río de aguas vivas purificadoras que habían visto los profetas, era en realidad el Espíritu de Dios. Sabemos esto, porque Juan dice a continuación: “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él” (Juan 7:39; véanse 4:13-14; 19:34). Esto no es el bautismo en el Espíritu; o al menos, sólo el bautismo en el Espíritu, sino una referencia a la poderosa obra de santificación que haría el Espíritu en medio del pueblo de Dios en los últimos días. 

La Santificación en el Nuevo Testamento. 

Terminología. 

Los dos términos griegos críticos para el estudio de la santificación en el Nuevo Testamento son “Haguiadzo” (griego y su grupo) significa “hacer santo, apartar, purificar, dedicar o consagrar” además de “tratar como santo” y es aproximadamente equivalente al hebreo “qadash”. El otro “Kasandzo” (griego y su grupo) “taher” (hebreo) significa “hacer limpio o purificar”. Estos se pueden utilizar intercambiablemente. La palabra más frecuente es “háguios” (derivado del verbo “haguiádzo”). En singular se traduce como “santo”, y se usa con frecuencia como adjetivo para describir a Dios, a su Espíritu, a Jerusalén, etc. En plural se usa a menudo con respecto al pueblo de Dios. Entonces se suele traducir como “santos”. 

 
Dos teologías sobre la santificación.  

El término “santos” nos es tan familiar, que es probable que lo demos por supuesto. No así los cristianos en los tiempos del Nuevo Testamento. Ellos conocían muy bien las extensas leyes con respecto a la comida “kosher”, a las sustancias inmundas y a los ritos de purificación de la ley mosaica.  

• Sectas del Judaísmo: Muchas de las diferentes sectas del judaísmo tenían elaboradas reglas y normas acerca de la inmundicia. En general, la regla era que se podía mantener la santidad a base de evitar la inmundicia y de aislarse de los que estaban inmundos. Si se contraía inmundicia, la solución era quitarla por medio de bautismos de uno u otro tipo (Heb. 6:2; 9:10). Ésta es una noción bastante pasiva de la santidad: consiste en evitar la inmundicia. 

• Fariseos: los fariseos tenían también una interesante incoherencia dentro de su propia teología. Muchos de ellos entendían que el reino de Dios era un reino espiritual, que se hallaba dentro, y no un reino externo (material), político. Aun así, sostenían que la entrada a este reino interno se lograba por medio de ritos externos que quitaban el pecado y la inmundicia para traer la santidad.  

Sin embargo, la santidad de Dios es activa. Puesto que Él anhela la comunión con los seres humanos, su santidad activa consiste en hacer limpios a los inmundos, y santos a los que no lo son. La muerte de Jesús hizo posible este tipo de santidad.  

El cumplimiento de la profecía. 

En última instancia, la santificación del mundo se produce a un nivel individual. Cada persona ha de escoger entre aceptar la soberanía de Dios y su reinado, o rechazarlos. Las personas que han decidido no abandonar su pecado, deberán ser purificadas por medio del fuego. Este proceso no exige su cooperación, pero es doloroso, destructor y de larga duración. Éste es el castigo eterno que la Biblia llama “infierno”, “el lago de fuego” y “la muerte segunda” (Is. 66:24; Mateo 23:33; 25:30, 41, 46; Ap. 20:14–15). Aunque nunca serán purificados, el fuego eterno garantiza que la creación de Dios no será perturbada nunca más por su inmundicia. En resumen, Dios ha decidido que va a santificar el mundo. Lo va a hacer por medio del agua, o del fuego (Mat. 3:11-12).Los que rechazan, serán purificados por fuego. Los cristianos serán purificados por el Espíritu Santo. 

 

Este proceso de santificación tiene 4 etapas:      

• Convencer al mundo.  

Es la obra mayor del Espíritu Santo. Consiste en traer a una relación de pacto con Dios. El Espíritu Santo tiene tres tareas dentro de los no convertidos Jn. 16:8-11. 

Convencer de pecado. Si el Espíritu se retira, no hay posibilidad de arrepentimiento ni de perdón, porque no hay convicción; no hay sentido de culpa. ¿En qué consiste la obra de convencer del Espíritu? los convence de tres cosas: (1) de que sus pecados, especialmente el pecado de no creer en el Hijo de Dios, los han hecho culpables delante de Dios; (2) de que la justicia es posible y deseable; y (3) de que aquéllos que no hagan caso de su invitación tendrán que enfrentarse al juicio divino. 

 

Dar testimonio de Cristo “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Jn. 15:26) Juan 15:24-27.  

Confirmar la Palabra de Dios (1 Co. 2:1-5; véase 12:7-11). Con señales y prodigios. ¿Cuál es la mayor señal? La regeneración. 

No es de maravillarse que el pecador deteste escuchar la predicación de la Palabra de Dios. Le trae sentimientos de culpa, insuficiencia, ansiedad y convicción. ¿Por qué? porque la obra del Espíritu Santo con el no convertido va dirigida hacia una sola meta: llevar a esa persona al arrepentimiento. 

• Purificar al creyente.  

La segunda etapa en la santificación de una persona por el Espíritu es la conversión. Esta es una experiencia de un instante. Incluye la santificación por el Espíritu, o, para decirlo de una forma más correcta bíblicamente, el proceso de santificación por el Espíritu incluye la conversión. 

En el momento de la conversión nacemos de nuevo, esta vez del Espíritu (Jn. 3:5-8). Simultáneamente, el Espíritu nos bautiza en el cuerpo de Jesucristo, la Iglesia (1 Co. 12:13; Ef. 2:22). Somos lavados, santificados y justificados de manera instantánea, todo por medio del poder del Espíritu (1 Co. 6:11; 2 Ts. 2:13; 1 Pd. 1:1-2). En ese momento, el espíritu de Dios le comienza a testificar a nuestro espíritu que ahora somos hijos de Dios (Ro. 8:15-16). El Espíritu de vida nos liberta de la ley del pecado y de la muerte (Ro. 8:2; Jn. 6:63). Somos nuevas criaturas en Dios (2 Co. 5:17). 

La diferencia fundamental entre un cristiano y un no cristiano no está en el estilo de vida, en la actitud, ni siquiera en el sistema de creencias. Está en que el cristiano le ha permitido a Dios que lo santifique, y el no cristiano no lo ha hecho. Esta diferencia es una de las razones por las que el Nuevo Testamento se refiere con frecuencia a los creyentes llamándolos “santos” (Mat. 27:52; Hech. 9:13; Rom. 1:7; 1 Co. 1:2; Ef. 1:1; Ap. 5:8, etc.), aunque a continuación describa sus pecados o sus debilidades (como lo hace Pablo en 1 Corintios). O sea, que el cristiano no es alguien perfecto, sino alguien que se ha arrepentido del pecado y se ha sometido al poder purificador del Espíritu de Dios. 

• Realizar la justicia en el creyente.  

El Espíritu de Dios no abandona al creyente después de su conversión (Jn. 14:16). Tal como sucede en la transición de la convicción a la conversión, su papel aumenta después de la conversión. 

El aumento en la sumisión del creyente produce una cooperación y una intimidad mayores con el Espíritu, lo que consecuentemente lo capacita para hacer una obra mayor en la persona después de la conversión.  

Hay tres formas adicionales en las que el Espíritu obra en el creyente en la conversión. 

Santifica continuamente al creyente con respecto al pecado. 

Libra cada vez más al creyente de las realidades de pecado. 

Usa a los creyentes para que ayuden en la obra de santificación. 

Ningún creyente podrá decir jamás con verdad que está libre del pecado (1 Jn. 1:8-9). Somos culpables de pecados de omisión, por cuanto ninguno de nosotros adora, ama o sirve a Dios lo suficiente, totalmente aparte de cualquier pecado que podamos cometer de vez en cuando. Ésta es la razón por la cual la sangre de Jesús nos purifica continuamente de todo pecado. 

El creyente tiene al Espíritu Santo, que da instrucciones acerca de cómo actuar para evitar el pecado en todas las situaciones (Rom. 8:6-9). Por la misma razón, el Espíritu les abre la Palabra de Dios a los creyentes (1 Co. 2:9-16), recordándoles con frecuencia lo que Jesús ha dicho en la Palabra (Jn. 14:26). De esta forma, el Espíritu ayuda a hacer real la justicia del creyente, y no sólo legal. Se trata de un proceso continuo que durará todo el tiempo que el creyente esté sobre la tierra (1 Tes. 5:23). 

Finalmente, el Espíritu usa a los creyentes para que lo ayuden en la obra de la santificación. Esto va mucho más allá de demandar nuestra cooperación continua en el proceso de nuestra propia santificación (2 Co. 6:16-7:1; Ap. 22:11): cosas como resistir a la tentación de pecado. Significa ayudar en la santificación de otros. 

• Dar poder al creyente. 

El bautismo en el Espíritu Santo abre un papel nuevo para el creyente en la santificación del mundo. Los creyentes están mejor capacitados para ayudar al Espíritu en su obra de santificar, una vez que lo ha recibido. 

Los dones espirituales, a disposición de todos los que han sido bautizados en el Espíritu Santo, también pueden contribuir en la edificación de los santos. 

El Espíritu también edifica a los santos para su ministerio eficaz de otra forma: por medio de su ministerio de intercesión (Rom. 8:26-27). 

Observemos que este tipo de intercesión es “por los santos” (Rom. 8:27), y concretamente, cuando no sabemos “qué hemos de pedir como conviene” (v.26). 

Tomando como base las Escrituras, no podemos estar de acuerdo con aquellos que quieren identificar el bautismo en el Espíritu con una segunda obra instantánea de la gracia, llamada santificación. Tampoco podemos estar de acuerdo con aquellos que quieren hacer del bautismo en el Espíritu una condición para la salvación, o un medio por el cual se obtiene una especie de “categoría” especial en el reino de Dios. 

El Espíritu Santo terminará la obra en nosotros cuando venga Cristo, pero hasta entonces, tenemos la responsabilidad de purificarnos a nosotros mismos (con la ayuda de Dios) (1 Jn. 3:2-3). 

El plan divino de santificación incluye a todo el mundo; a todo, tanto animado como inanimado. Aquello que no quiera ser limpiado esta vez, será destruido por el fuego. 

El Espíritu Santo & la Santificación